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El antropólogo francés Marc Augé fue el primero en hablar de los “no lugares”. Defendía que existen espacios en los que puntualmente las personas compartimos un espacio ajeno al doméstico, creando momentos de cierta privacidad pero sin llegar a dejarnos ir completamente. Los restaurantes son el ejemplo perfecto.

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Sin embargo, algunos restaurantes desprenden familiaridad, cercanía, confort. Araia, que hace referencia a una isla mediterránea, es uno de esos “no lugares”. Y lo es, además, por otro motivo, y es que Araia en realidad, no existe. Matizo: Araia es una isla imaginaria, un no lugar por partida doble.

Al frente están Pedro y Carlos, que hace un año y medio idearon un pedacito de tierra en el que evadirse a través de sabores y aromas que reconocemos inmediatamente como mediterráneos. Sin duda es una estrategia inteligente, que les da la libertad de hacer una cocina a su estilo y sin demasiados cánones.

De hecho, la carta está dividida en epígrafes bastante diferentes a los habituales y que remiten a la geografía de la isla: Cosecha, Bahía, Pasto y Montaña. En ese viaje por Araia, nos vemos obligados a pasar por la huerta con muchas verduras de temporada, con recetas inspiradas en Grecia, Italia y Líbano, con toques especiados del norte de África, con guiños a la cocina turca… en definitiva, viajamos a un lugar común: el Mediterráneo en toda su extensión.

Esta visión tan personal de la cocina está acompañada por una selección de vinos de más de 50 referencias que rotan y que tienen un objetivo claro: sorprender por su finura y delicadeza. Tanto en el plato como en la copa, el resultado es excelente. Araia abarca sabores cercanos y los versiona ofreciendo platos originales (y muy ricos) que no vas a encontrar en ningún otro lugar.

Recomendados por Pedro, probamos El Día, un chardonnay fuera de lo habitual gracias al toque salino de la tierra de Cádiz. Estupendo primer brindis para probar el primer plato, un Paté de calabaza asada, miel, harissa de Marruecos, za’atar, semillas de calabaza y un excelente pan lagana de origen griego muy especial elaborado por el obrador Alma Bakery. Es la mejor definición de lo que es un plato lleno de confort.

Seguimos con una demostración de originalidad con el Pastrami de atún rojo Balfegó curado con curry de algas y grasa de pato y piparra. No vas a ver este plato en otro restaurante (a no ser que les copien…) Delicado y sencillo.

A estas alturas, nuestro nivel de dopamina estaba muy alto pero nuestras copas vacías. Entonces Pedro volvió con otra de sus joyitas; Celler Credo And The Winner Is…, un excelente vino blanco ecológico del Penedés.

El enamoramiento con Araia se produjo en cuanto llegó a la mesa el Rape negro, una absoluta declaración de estilo en cocina. Con una textura jugosa y al punto, cocinan la cola del rape a baja temperatura, macerado con tandoori de India – que le da el tono rojizo – y garum. Por encima,  acompañan el rape con una ligera crema de coliflor y anacardo. ¿Qué podemos decir? Solo por este plato merece la pena ir. Es un auténtico hit.

La armonía siguió con Femme d´Argent, elaborado por el enólogo Raúl Moreno – a quien admiran mucho en Araia – una combinación de syrah con pinot noir de sabor goloso, a frutos rojos, fresas y frambuesa y una casi invisible punzor a alcohol. Peligroso pero perfecto para seguir con la Berenjena Souvlaki, un homenaje al plato griego que completan con un risotto de trigo sarraceno, zanahoria, chalota y salsa tirokafteri de nuez pecana y queso fresco de Madrid, guindilla (no pica) y trocitos de carne de rubia gallega. Rebañas, disfrutas, quieres repetir. Otro acierto asegurado.

Para cerrar esta primera visita, optamos por probar el Sish Kebab de cordero con pistachos, tzatziki de kéfir y piparras. Atacamos sin piedad, después de que Pedro sacara con mucho cuidado la varilla en la que lo presentan. Rico, muy rico. Otro must cuando vayas a Araia.

El último bocado fue el Babka, un pastel de chocolate y amapola en kvas con helado de mascarpone, naranja y melocotón con polvo de pistacho. Una creación del chef de origen ucraniano que nos dejó más que satisfechos.

Pocas veces es tan obvia la calidad de un “no lugar” como en Araia. En plena Plaza de Olavide, este discreto restaurante esconde una cocina que abraza y reconforta, para compartir o no, para ir a comer solo o con amigos, para celebrar o simplemente porque sí. Araia es capaz de eso con absoluta sencillez, buen producto, gran técnica y sin quererlo (o sí, quizás un poco) demostrando el buen paladar del equipo que hay detrás.

El ticket medio ronda los 50€, mas el vino que le añadas. Y ya advertimos de que tienen buen morro fino porque se nota el cariño y el mimo que le han puesto a la selección. Si a todo esto le sumas un ambiente relajado y sin corsés, es el  perfecto no lugar al que volver infinitas veces.

Para bichear, aquí va su perfil de Instagram y para reservar, puedes hacerlo en su web.

C/ Murillo, 3.

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Sandra

Periodista made in Madrid. Enamorada del chocolate y del café. Como con los ojos y odio las calorías. Muy fan del salmón. Busco tesoros culinarios.

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