Con tantos restaurantes pendientes como tengo, la procrastinación gastronómica va llegando a unos niveles muy top, pero hay restaurantes a los que, si estas en Madrid y te gusta comer como es el caso, no puedes dejar de ir, y chefs a los que por muchos motivos no puedes dejar de conocer. Por eso, la semana pasada estuvimos en el Restaurante Viridiana y conocimos, por fin, al gran Abraham García.

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Lo más probable es que si estas más o menos al loro de lo que se cuece en Madrid, ya hayas ido a Viridiana, o hayas al menos oído hablar de este chef, porque ojo, lleva más de 40 años dando guerra, y nunca tan bien dicho. Abraham García, además de ser uno de los grandes chefs de este país, es guerrero y cañero donde los haya, y de esto te das cuenta en cuando cruzas dos palabras con él.

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Te recibe, charla contigo, te gastará alguna broma… y después se mete en cocina para sacarte cosas, que también te las va “cantando”. Lleva trabajando así toda la vida, y es todo un espectáculo ver cómo goza haciendo lo que hace, de ahí el título de este post, es “uno de los nuestros”.

Muchas sensaciones antes de comenzar nuestra experiencia en Viridiana, sobre todo me quedaría con la ilusión, los nervios y el respeto que me generaban estar allí a punto de comenzar. Te contamos qué fue lo que Abraham nos sacó de comer (imposible decidir con esa poética y apetecible carta), aviso a esos finos/as, agarraos que viene curvas, como esas las que les gustan al chef.

Comenzó el festín con un Gazpacho de Abraham, un clásico de Viridiana, servido, como ves, dentro de un tomate. 

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Sacaron un vino portugués que nos acompañó toda la comida. Bastardo, un monovarietal de una cepa casi olvidada por el escaso color que da a los vinos, fue el elegido por Abraham por su singularidad, y por su versatilidad según los platos que nos tenía preparados.

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De ahí pasamos a un plato que jamás olvidaré, un Potaje de calabaza y berza, con garbanzos y un toque de chile amarillo. Si vas a Viridiana, es obligatorio pedir al menos un plato de cuchara, este casi me hace llorar.

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Croquetas, las redonditas de tuétano, y las ovaladas de pintada (gallina de Guinea). Cremosas como ellas solas, casi líquidas, con tremendos sabores, lo intenté, pero no pude decantarme por ninguna de las dos.

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Cóctel de papaya con gamba roja… bueno, en su picadillo tenía muchas cosas más. Una especie de salpicón, pero a lo bestia… un chute de sabores frescos y ácidos buenísimo, según lo recuerdo, salivo a fuego.

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Huevos de gallinas en libertad (vigilada), sobre mousse de hongos y trufas frescas. Este es uno de los clásicos de Viridiana, y no me extraña porque es una auténtica pasada.

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Boquerones con salsa nikkei, aceituna de Cerdeña y calabaza encurtida.

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Y para acabar los principales, un principal monstruoso, un mar y montaña en toda regla, unos Callos (con su lengua, su morro, sus manitas…) con rape. Con esto Abraham terminó de noquearnos.

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Finalmente, dos postres. Un Helado de chocolate, muy cremoso y con mucha potencia, con lichis, uchuva y fresón.

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…y el Arroz con leche de coco a la vainilla fresca de Veracruz, con lluvia amarga de chocolate. Espectacular el tostado de la superficie en mesa, y espectacular el resultado final de este pedazo de postre.

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Y como colofón, un Té moruno, haciendo un guiño al gran Abraham y a los que lo conocen, como “final feliz”.

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Una cocina de muchos quilates, original, rotunda, viajera (no en vano a Abraham se le conoce como “el padre de la cocina fusión”), y con grandes dosis de sabor y también, y muy importante, de diversión. Por todo esto y mucho más Abraham García es quien es, y ha convertido a Viridiana es ese gran templo del buen comer que tenemos la suerte de tener en Madrid. Sobre el tema ticket, pues depende de cuánto se te vaya la mano, o le dejes a Abraham que se le vaya, pero calcula que por persona te gastarás un mínimo de 80 euros. Muy bien pagados y disfrutados en cada bocado… de hecho, saldrás flotando y con la sensación de haber cumplido otro de tus sueños gastronómicos.

Aquí os dejamos la web de Viridiana, su Facebook, Twitter e Instagram.

C/ Juan de Mena, 14.

Fotos: Gregorio González.

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